
Hemos encontrado la forma -no realmente- científica de predecir o justificar el destino de las personas según lo que llevan o llevaban de comer a la escuela.
Tras largo debate, nos encontramos frente a las siguientes conclusiones:
Quienes llevan pepino tienen la tendencia a definirse como ser humano genérico, sin éxito, lo que es una lástima, pero sin fracaso específico, lo que en cierta manera es un éxito, a diferencia de los que llevan salchichas, quienes son en su momento y muy posiblemente seguirán siendo en el futuro de esa especie, tan lejana a nosotros que estamos aquí pensando en sus loncheras, conocida como “popular”. Recomendamos altamente juntarse con ellos, pues aunque no hay gran probabilidad de que lo vuelvan popular por contagio, sí podrá comer rico la mayor parte de los días y si no va a estar bien, al menos puede apegarse a lo bueno mientras exista.
En un giro misterioso del embutido, una subespecie se desprende de los que llevan salchichas: los que igual llevan salchichas, pero cocidas, lo cual los aleja al primer hervor de la popularidad y los convierte de inmediato en perdedores, pero del tipo de perdedores que podrán amistar con otros perdedores y llevar, si no una buena, al menos sí una acompañada vida.
Finalmente, y por supuesto siempre al último, tropezando con los muebles, están los que llevan el alimento del foreveralón reconocido en tres enciclopedias aún no escritas: huevo cocido. Tan apestados, tan diferentes a todos los anteriores, tan destinados a morir solos, por lo mismo.
Como es de mal gusto juzgar sin juzgarse, aunque esto último también es de mal gusto, pero al menos implica algún tipo de justicia, yo misma me sometí al análisis de mi existencia según lo que llevaba de comer a la escuela, que regularmente oscilaba entre pepinos y salchichas hervidas pero, por apego a la verdad, debo decir que aún hoy, antes de salir me empaco en el alma un huevo cocido casi todos los días.




